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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

Al cabo, es decir, tras un par de horas aproximadamente de diligente aplicación, la señorita Brass concluyó su tarea, lo que sancionó secándose la pluma en el sayal verde y tomando una pizca de rapé de una pequeña tabaquera redonda que llevaba en el bolsillo. Tras el moderado refrigerio, se, levantó de la silla, ató los papeles debidamente con cinta roja y, colocándolos bajo el brazo, salió del despacho.

El señor Swiveller acababa de levantarse de la silla para entregarse a una danza frenética —tal era la alegría que sentía al verse de nuevo solo— cuando se vio interrumpido por la apertura de la puerta y la reaparición de la cabeza de la señorita Sally.

—Voy a salir —dictaminó esta.

—Muy bien —respondió Dick. «Y no se dé prisa en volver», añadió para sus adentros.

—Si viene alguien al despacho por algún asunto, tome el recado y diga que el caballero que se ocupa del bufete se halla ausente, ¿le parece? —apostilló la señorita Brass.

—Me parece —convino Dick.

—No tardaré mucho —agregó la señorita Brass mientras se retiraba.


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