La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al volver a casa, el señor Brass escuchó el relato de su escribano, que lo dejó sumamente complacido y satisfecho, y le pidió el billete de diez libras, que, tras examinarlo minuciosamente, resultó ser de curso legal —del gobernador de la Compañía del Banco de Inglaterra—, con lo que su buen humor aumentó considerablemente. Estaba tan desbordante de liberalidad y condescendencia que, en la plenitud de su exultación, invitó al señor Swiveller a compartir un tazón de ponche en ese remoto e indefinido período que se llama vulgarmente «uno de estos días» y le tributó repetidos cumplidos por la inusual aptitud para los negocios que su desempeño en el primer día de trabajo había puesto de manifiesto de manera tan fehaciente.
