La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Durante todo el día, Kit, aunque tuvo que esperar al señor Abel hasta la noche, se mantuvo lejos de la casa materna para no anticipar los placeres del día siguiente, sino dejar que llegaran rebosantes de delicia; pues el día siguiente iba a ser el más esperado de su vida. Era el final del primer trimestre, el día en que iba a recibir, por primera vez, la cuarta parte de sus ingresos anuales, consistentes en la considerable suma de seis libras y treinta chelines. Tendría medio día libre, dedicado a un torrente de diversiones, y el pequeño Jacob sabría lo que eran las ostras e iría al teatro.
Una serie de circunstancias favorables concurría para realzar la ocasión: no sólo el señor y la señora Garland le habían hecho saber que no le deducirían los gastos de guardarropía, sino que le pagarían el sueldo entero; no sólo el caballero desconocido había incrementado su caudal con la aportación de cinco chelines, una verdadera bendición del cielo y una pequeña fortuna; no sólo habían sucedido estas cosas, que nadie habría podido imaginar ni en sus mejores sueños; sino que, además, aquel día era también fin de trimestre para Bárbara, la cual gozaría de media jornada libre como Kit, y la madre de Bárbara iba a unirse también al grupo: acudiría a tomar el té con la madre de Kit para cultivar la mutua amistad.
