La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¡Y entonces empezó el espectáculo! Los caballos que el pequeño Jacob creyó que estaban vivos, las damas y los caballeros de cuya realidad no estaba tan convencido al no haber visto ni oído antes nada semejante, el fuego de artificio que obligó a Bárbara a cerrar los ojos, la dama abandonada que la hizo llorar, el tirano que la hizo temblar, el hombre que cantaba con una doncella y bailaba el estribillo que la hizo reír, el poni que se levantó sobre las patas traseras al ver al asesino y que no quiso plantarse sobre las cuatro patas hasta que este no fue detenido y encerrado, el payaso que se permitió ciertas familiaridades con el militar calzado con botas, la dama que saltó por encima de veintinueve cintas y aterrizó sana y salva sobre la grupa de un caballo… ¡Todo era delicioso, espléndido, asombroso! El pequeño Jacob aplaudía hasta que le dolían las manos; Kit pedía a gritos otro bis al final de cada número, incluso cuando terminaron los tres actos; y, en medio del éxtasis, la madre de Bárbara golpeó el suelo con el paraguas tantas veces que desgastó la guinga.
En medio de tanta fascinación, los pensamientos de Bárbara parecían haberse quedado en lo que había dicho Kit a la hora del té, pues, cuando salían del teatro, le preguntó, con una sonrisita algo boba, si la señorita Nell era tan guapa como la dama que había saltado por encima de las cintas.