La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Embargado por ese vago sentimiento de penitencia que suscitan las fiestas a la mañana siguiente, Kit se levantó con el alba y, con la fe en los goces de la noche anterior un poco zarandeada por la fría luz matutina y la vuelta a las obligaciones y ocupaciones cotidianas, recordó que tenía que ir a recoger a Bárbara y a su madre al lugar convenido. Pero tuvo cuidado de no despertar a ninguno de los miembros de su pequeña familia, que aún se reponían de un cansancio desacostumbrado; y así, dejando el dinero sobre la repisa de la chimenea con una nota escrita con tiza en la que llamaba la atención de su madre sobre tal circunstancia y la informaba de que el dinero era de su hijo afectuoso, partió con el corazón algo más pesado que sus bolsillos, pero libre de cualquier opresión.
¡Ah, los días de fiesta! ¿Por qué dejan cierto pesar en el alma? ¿Por qué no podemos desplazarlos en nuestra memoria, aunque sólo sea una semana o dos, para situarlos en esa distancia cómoda donde poder contemplarlos, bien con una calmada indiferencia, bien como un agradable recuerdo? ¿Por qué nos dejan un regusto, como el vino de ayer, que nos produce dolor de cabeza y laxitud, más un acervo de buenas intenciones para el futuro, que, bajo tierra, forman el pavimento perpetuo de un vasto dominio y que, aquí arriba, no suelen durar más allá de la hora de la cena?
