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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

Es menester dejar por el momento a Kit, pensativo y expectante, para seguir las peripecias de la pequeña Nell, para lo cual reanudaremos el hilo de la narración en el punto en que lo habíamos dejado unos capítulos atrás.

En el transcurso de uno de sus paseos al atardecer, cuando, siguiendo a las dos hermanas a prudente distancia, sentía (en consonancia con ellas y reconociendo en sus penalidades un reflejo de su propia soledad de espíritu) un consuelo tal que convertía dichos momentos en remansos de profunda dicha, aunque el sutil placer que le producían era de esos que viven y mueren entre lágrimas; en uno de sus paseos a la hora tranquila del crepúsculo, en que el cielo, la tierra, el aire, el agua susurrante y el lejano sonido de las campanas sintonizaban con las emociones de la niña solitaria y le inspiraban pensamientos dulces (pero no del mundo infantil ni de sus fáciles alborozos); en una de tales caminatas, que se habían convertido actualmente en su único placer o en alivio de sus penas…, la luz había cedido a la oscuridad y la tarde había sucumbido a la noche. Pero la joven aún se entretenía en medió de las sombras como si se sintiera acompañada por la naturaleza serena y silenciosa, pues las voces ruidosas y las luces deslumbrantes habrían constituido para ella la verdadera soledad.


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