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CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

Superada su momentánea debilidad, la niña recuperó el temple que la había mantenido en pie hasta ese momento e, intentando afianzarse en su resolución con la idea de que estaban huyendo de una desgracia, de la comisión de un delito, y de que la integridad de su abuelo dependía solamente de su firmeza, sin la ayuda de ningún consejero o una mano amiga, lo instó a seguir adelante y no volver la mirada.

Mientras este, manso y humilde, parecía retraerse ante ella, como quien se amilana y rebaja en presencia de un ser superior, la niña notaba que nacía en su interior un sentimiento nuevo que la elevaba y dotaba de una energía y una confianza que nunca antes había conocido. Ya no hablaría más de responsabilidad compartida; toda la carga de las dos existencias recaería exclusivamente sobre sus espaldas; en adelante, le tocaba a ella pensar y actuar por los dos. «Yo lo he salvado —pensaba—. En todos los peligros y penalidades, sabré recordarlo».





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