La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO

La muchedumbre pasaba deprisa, en dos corrientes opuestas, sin ningún síntoma de pausa o agotamiento, absorta en sus quehaceres; nada la distraía de sus intereses: ni él rugido de carretas y carro matos cargados con mercancías que se entrechocaban, ni el deslizarse de las herraduras de los caballos sobre la calzada mojada y grasienta, ni el repiqueteo de la lluvia sobre los cristales de las ventanas y la tela de los paraguas, ni los empujones de los transeúntes más impacientes ni, en fin, el bullicio en el punto álgido de la jornada. Mientras tanto, los dos pobres forasteros, aturdidos y desconcertados por el trajín que observaban, pero en el que no participaban, miraban con ojos llenos de tristeza; entre tanta gente, sentían una soledad semejante a la sed del marinero naufragado que, vapuleado por las olas del inmenso océano, con los ojos enrojecidos de tanto mirar el océano que lo circunda por doquier, no tiene ni una gota de agua para refrescar su lengua ardiente.






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