La tienda de antiguedades

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Con pensamientos como aquel, y el vago designio de viajar a un lugar distante entre arroyos y montañas donde sólo viviera gente pobre y sencilla, y donde pudieran sustentarse ayudando en las tareas humildes del campo, libres de los terrores de los que huían, la niña, sin más recurso que el regalo que les había hecho el hombre pobre, y sin más aliento que el que emanaba de su corazón y del convencimiento de estar obrando bien, se animó a emprender aquel último viaje.

—Hoy iremos más despacio, abuelito —le dijo mientras avanzaban penosamente por las calles—. Me duelen los pies, y la lluvia de ayer me ha dejado todo el cuerpo dolorido. Recuerdo su mirada de preocupación cuando nos dijo que pasaríamos mucho tiempo en la carretera.

—Sí, ha dicho que sería una carretera muy desagradable —se quejó su abuelo—. ¿No hay otra carretera? ¿Por qué no cogemos otro camino?

—Los lugares que buscamos están más allá —respondió la niña con firmeza—; tenemos que seguir si queremos vivir en paz y no caer en tentaciones. Seguiremos la carretera que nos lleve hasta allí y no nos desviaremos aunque sea cien veces peor de lo que podamos imaginar. No nos desviaremos de nuestro camino, ¿verdad que no, abuelito?

—No —respondió el anciano con voz y ademán poco firmes—. No. Sigamos adelante. Estoy preparado. Estoy preparado, Nell.


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