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CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

Era el pobre maestro de escuela. El maestro de escuela en carne y hueso. Apenas menos emocionado y sorprendido al ver a la niña que ella al verlo a él, permaneció unos instantes en silencio, confundido ante la inesperada aparición, sin presencia de ánimo suficiente para levantarla del suelo.

Pero rápidamente volvió en sí, tiró al suelo el bastón y el libro y, arrodillándose a su lado, procedió, con los simples remedios que se le ocurrieron, a devolverle el conocimiento; mientras, su abuelo, inoperante a su lado, se retorcía las manos y le pedía a la niña que por favor le hablara, aunque sólo fuera una palabra.

—Está completamente agotada —afirmó el maestro de escuela, mirándolo a la cara—. La ha dejado usted que supere el límite de sus fuerzas, amigo.

—Está tan débil por pura inanición —repuso el anciano—. No creía que pudiera estar tan débil y tan enferma.

Lanzándole una mirada medio de reproche, medio de compasión, el maestro tomó a la niña en brazos y, pidiendo al anciano que recogiera la cesta de la niña y lo siguiera, se la llevó de allí con suma celeridad.


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