La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Los rumores sobre el caballero soltero y el motivo de su viaje, que cada vez frisaban más lo maravilloso conforme se iban difundiendo —pues el rumor popular, a diferencia de la piedra del río, coge mucho musgo en su rodar—, ocasionaron que su llegada al mesón se convirtiera en un espectáculo apasionante, insuperable. En efecto, atrajo a un gran número de ociosos que, recientemente desempleados, por así decir, al cerrarse el museo de cera y celebrarse la ceremonia nupcial, vieron aquel acontecimiento como algo poco menos que providencial y lo saludaron, por consiguiente, con grandes muestras de júbilo.
Lejos de participar en la excitación general, y con el aire deprimido y preocupado de quien intenta digerir su desencanto en medio del silencio y la intimidad, el caballero soltero se apeó y dio la mano a la madre de Kit con una cortesía teñida de melancolía que impresionó a los espectadores en sumo grado. Tras lo cual, le ofreció el brazo y la escoltó hasta el interior de la casa mientras varios camareros se les adelantaban para despejarles el camino y enseñarles la habitación que desearan.
—Cualquier habitación puede valer —enunció el caballero soltero—. Que esté cerca, nada más.
—Pues entonces venga por aquí, señor, por favor.
