La tienda de antiguedades

La tienda de antiguedades

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

CAPÍTULO CINCUENTA

Las disputas matrimoniales suelen tener la forma de un diálogo cuya mitad corresponde al menos a la mujer. Las del señor y la señora Quilp, en cambio, eran una excepción a esta regla, pues tenían invariablemente la forma de un largo soliloquio del caballero, tal vez con alguna que otra expresión de disculpa de la dama, que no iba más allá de un trémulo monosílabo proferido en tono sumiso y humilde. En la presente ocasión, la señora Quilp pasó mucho tiempo sin aventurarse siquiera a esta escasa participación; en efecto, cuando se hubo recuperado de su desvanecimiento, permaneció sentada en silencio, escuchando mansamente los reproches de su amo y señor.

El señor Quilp los fue profiriendo con una especial animación y rapidez, retorciendo tanto los miembros y la cara que incluso su esposa, acostumbrada a la habilidad especial que tenía su marido para tales proezas, se sintió realmente asustada y alarmada. Pero el ron de Jamaica y la alegría de haber defraudado las expectativas de tanta gente fueron enfriando por grados la ira del señor Quilp, la cual pasó de un hervor salvaje al estadio de la chanza o la risita entre dientes, en el que permaneció a partir de entonces.

—Así que creías que había muerto y estaba desaparecido, ¿eh? —exclamó Quilp—. Creías que ya eras viuda, ¿eh? ¡Ja, ja, ja! ¡Qué risa me das, mujerzuela!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker