La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El amable y sincero propietario del refugio de soltero durmió hasta bien entrado el día acompañado de cosas parecidas a él como la lluvia, el barro, el polvo, la humedad, la niebla y las ratas; llamó a su criado Tom Scott para qué lo ayudara a levantarse y a preparar el desayuno, abandonó su lecho y procedió a su aseo personal, terminado el cual, y la colación, volvió a dirigir sus pasos hacia Bevis Marks.
Pero esta vez su visita no iba destinada al señor Swiveller, sino al amigo y patrón de este, el señor Sampson Brass; no obstante, ambos caballeros se hallaban ausentes y, en cuanto a la vivificante luz del Derecho, la señorita Sally, tampoco estaba en su puesto. Esta ausencia conjunta se daba a conocer a los potenciales visitantes mediante un trozo de papel escrito a mano por el señor Swiveller, que estaba pegado junto al timbre y que, sin ofrecer al lector clave alguna del momento concreto en que había sido colocado, le suministraba la vaga e insatisfactoria información de que el citado caballero volvería «dentro de una hora».
«Seguro que hay alguna criada —se dijo el enano mientras llamaba a la puerta— que me podrá informar».
Tras un largo intervalo, la puerta se abrió e inmediatamente después se oyó una vocecita:
—Haga el favor de dejar tarjeta o mensaje.
