La tienda de antiguedades

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En el culmen de su estrepitoso júbilo, el señor Quilp, tras despedir momentáneamente bajo algún pretexto a su criado-duende, recobró enseguida su actitud, se bajó de su tonel y, poniendo la mano sobre la manga del abogado, declaró:

—Una palabra antes de seguir adelante. Sally, preste atención un minuto usted también.

La señorita Sally se acercó maquinalmente, acostumbrada como estaba a conferencias de negocios con su anfitrión, tanto más importantes cuanto menos lo parecían.

—Un asunto —precisó el enano, pasando la mirada de hermano a hermana—. Un asunto muy privado. Reflexionen bien sobre él cuando estén solos.

—Ciertamente, señor Quilp —respondió Brass sacando un cuaderno y un lápiz—. Tomaré nota, si le place, señor Quilp. Documentos notables —agregó el abogado, levantando los ojos al techo—. Documentos realmente notables. Expone sus argumentos con tanta claridad que es un placer anotarlos. No conozco a ningún parlamentario que lo iguale en claridad.

—Le voy a privar de ese placer —objetó Quilp—. Guarde ese cuaderno. No queremos ningún documento. Bien. Hay un chico llamado Kit…

La señorita Sally asintió con la cabeza, dando a entender que lo conocía.


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