La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Transcurrido un buen período de tiempo, el maestro de escuela asomó por el portillo del camposanto y se apresuró a reunirse con ellos; mientras se acercaba, hizo sonar un llavero oxidado que llevaba en la mano. Jadeando de satisfacción al llegar al pórtico, al principio sólo pudo señalar hacia el viejo edificio que la niña había estado contemplando con tanta atención.
—¿Ves esas dos casas viejas? —preguntó, recuperando al fin el resuello.
—Sí, claro —respondió Nell—. Las he estado mirando casi todo el tiempo que usted ha estado ausente.
—Y las habrías mirado con más curiosidad aún si hubieras adivinado lo que tengo que comunicar —agregó su amigo—. Una de ellas es mía. Sin decir nada más, ni dejar a la niña tiempo para responder, el maestro la cogió de la mano y, con el rostro exultante, la condujo a la casa a la que acababa de referirse.
Se detuvieron delante de la arqueada puerta vieja. Tras probar en vano varias llaves, el maestro dio por fin con la que encajaba en la inmensa cerradura; la giró en medio de un fuerte crujido y entraron en la casa.
