La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Nell se despertó temprano. Tras realizar las tareas domésticas y dejar todo en orden para el bueno del maestro (en contra de la voluntad de este, que habría deseado ahorrarle cualquier esfuerzo o fatiga), se acercó a un clavo que había junto al fuego y descolgó el pequeño manojo de llaves que el viejo bachiller le había entregado formalmente el día anterior; hecho lo cual, se dirigió sola a visitar la vieja iglesia.
El cielo estaba despejado, el aire era sereno, perfumado con el fresco aroma de las hojas recién caídas, vivificantes para los sentidos. El riachuelo cercano discurría entre destellos luminosos y emitiendo un sonido musical; el rocío centelleaba en los verdes montículos, como lágrimas vertidas sobre los muertos por espíritus benefactores. Unos niños correteaban entre las tumbas, jugando alegres al escondite. Tenían con ellos a un niño pequeño, al que habían dejado durmiendo sobre la tumba de un niño, en un pequeño lecho de hojas. Era una tumba reciente: el lugar de descanso, tal vez, de algún niño que, manso y paciente en su enfermedad, se había sentado a veces a verlos jugar y que ahora ocupaba aquel lugar para siempre.
