La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Casi todo lo que hay en la vida, bueno o malo, nos afecta por contraste. Si la tranquilidad de la apacible aldea habÃa impresionado profundamente a la niña a causa de las penalidades pasadas y de los caminos antes hollados con pies doloridos, no menos profunda fue la impresión que sintió al verse sola en aquel recinto solemne, donde la luz, que penetraba por unos ventanales rebajados, parecÃa también revejida y gris, y el aire, con su olor a tierra y a moho, parecÃa impregnado de decadencia, purificado por el tiempo de sus partÃculas más groseras, exhalaba gemidos por las arcadas, naves y haces de columnas, como la respiración de edades pretéritas. Allà estaba el suelo cuarteado, gastado, tanto tiempo atrás, por pies piadosos, cuyas huellas habÃa borrado el tiempo, siguiendo los pasos de los peregrinos, dejando sólo un área de losas desgastadas. Allà estaba la viga podrida, el arco rebajado, las paredes húmedas y desconchadas, el terreno hundido, la elegante tumba no ilustrada por ningún epitafio… Todo —mármol, piedra, hierro, madera y polvo— un monumento a la ruina. Las mejores y las peores obras, las más sencillas y las más elaboradas, las más elegantes y las menos imponentes, las obras del cielo y las del hombre…, todo se encontraba allà nivelado, como ofreciendo un mismo relato.