La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO

A partir de entonces, surgió en el espíritu del anciano una constante preocupación por la niña. Hay cuerdas en el corazón humano —cuerdas extrañas, variables— que, pulsadas por accidente, permanecen mudas e insensibles a las llamadas más apasionadas y serias, pero responden al toque más fortuito. En las mentes más insensibles o infantiles existe una cadena de reflexiones que rara vez puede el arte guiar o la destreza asistir; pero esta, como las grandes verdades, se revela por casualidad al descubridor ante la vista del objeto más sencillo. A partir de aquel ligero incidente, el anciano no se olvidó nunca, ni un solo momento, de la debilidad y abnegación de la niña; a partir de aquel momento, él, que había sido testigo de tantas penalidades y angustias de la niña, que había considerado menos graves —y no deploraba más— que las suyas propias, despertó a la conciencia de lo mucho que le debía y de la vida acongojada que ella llevaba. Nunca, desde entonces, ni una sola vez, ni en un momento de descuido, ni una sola preocupación por sí mismo, ni un solo pensamiento sobre su propia comodidad ni ninguna otra consideración egoísta distrajeron sus pensamientos del tierno objeto de su amor.



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