La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La aprensión e indignación del señor Chuckster no carecían de fundamento. En efecto, la amistad entre el caballero soltero y el señor Garland no parecía enfriarse, sino, antes bien, aumentar día tras día; pronto empezaron a frecuentarse con asiduidad. El hecho de que el caballero soltero se hallara por entonces algo delicado de salud —consecuencia, sin duda, de las grandes emociones que había experimentado últimamente y de su subsiguiente desencanto— fue una ocasión más para verse con mayor frecuencia todavía. En suma, que los residentes de la finca de Abel, en Finchley, entraban y salían casi a diario de la casa Bevis Marks.
Como para entonces el poni se había despojado de cualquier disfraz y, sin ambages ni rodeos de ningún tipo, se negaba en redondo a ser conducido por cualquiera que no fuera Kit, ocurría que, fuera el visitante el anciano señor Garland o el señor Abel, Kit siempre se hallaba presente. Kit era, por las prerrogativas que le otorgaba su cargo, el portador de cualquier mensaje o encargo. De modo que, mientras el caballero soltero permaneció indispuesto, Kit acudió cada mañana a Bevis Marks casi con la misma regularidad que el correo de Su Majestad.
