La tienda de antiguedades

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Finalmente amaneció, y la pobre señora Quilp, tiritando por el frío matutino y estragada por el cansancio y la falta de sueño, fue vista pacientemente sentada en su silla, levantando a intervalos los ojos en dirección a su señor cual muda súplica de compasión y clemencia y recordándole suavemente con una tos ocasional que aún no había sido perdonada y que su penitencia duraba ya más de la cuenta. Pero su diminuto esposo siguió fumando puros y bebiendo ron sin reparar en ella, y hasta que el sol no iluminó del todo el lugar y no se percibió actividad y ruido suficientes en el exterior, no se dignó a reconocer su presencia con una simple palabra o señal. Y podría no haberse dignado de no ser por unos impacientes golpecitos en la puerta, que le indicaron que unos nudillos bastante resistentes buscaban algo resueltamente al otro lado.

—¡Eh, querida! —exclamó mirando alrededor con una mueca de malicia—. Ya es de día. ¡Abre la puerta, mi querida señora Quilp!

Su obediente esposa descorrió el cerrojo, y entró la señora madre.




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