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CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO

El señor Swiveller y su compañera jugaron varias partidas con diferentes resultados hasta que la pérdida de seis peniques, el claro descenso del nivel del ponche y el sonido del reloj anunciando las diez de la noche recordaron al caballero el vuelo del tiempo y la conveniencia de retirarse antes de que llegaran el señor Sampson y la señorita Sally Brass.

—En vista de tales circunstancias, marquesa —declaró el señor Swiveller con gravedad—, le pido su venia para meterme el cartón en el bolsillo y hurtarme a su presencia en cuanto termine esta jarra, observando asimismo, marquesa, que, puesto que la vida, al igual que el agua de un río, no deja de correr, a mí no me importa lo deprisa que discurra mientras un ponche semejante crezca en la orilla y unos ojos semejantes iluminen las ondas en su discurrir. ¡Marquesa, a su salud! Me disculpará que me ponga el sombrero, pero el palacio está húmedo y el suelo de mármol (si se me permite usar la palabra), bastante sucio.

Como precaución contra esto último, el señor Swiveller había permanecido sentado todo el tiempo con los pies encima de la placa de la chimenea, postura que mantenía aún mientras daba curso a estas observaciones de disculpa y sorbía despacio las últimas y exquisitas gotas del néctar.


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