La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Cuando, realizado su encargo, Kit bajĂł del apartamento del caballero soltero un cuarto de hora despuĂ©s, el señor Sampson Brass se hallaba solo en el despacho. No estaba cantando como de costumbre ni sentado a la mesa del despacho. La puerta abierta lo mostraba de pie, de espaldas al fuego, con un aire tan extraño que Kit supuso que le habĂa pasado algo.
—¿Le ocurre algo, señor? —preguntó Kit.
—¿Que si me ocurre algo? —exclamĂł Brass—. No, Âżpor quĂ© deberĂa ocurrirme algo?
—Está tan pálido —respondió Kit— que apenas si lo he reconocido.
—¡Bah! Mera fantasĂa —exclamĂł Brass, agachándose para remover las brasas—. Nunca me he sentido mejor, Kit, nunca me he sentido mejor en toda mi vida. Y tambiĂ©n estoy alegre. ¡Ja, ja! ÂżQuĂ© tal se encuentra nuestro amigo de arriba?
—Mucho mejor —respondió Kit.
—Me alegra oĂdo —repuso Brass—. Lo celebro, si puedo decirlo. Un caballero excelente, digno, generoso, esplĂ©ndido, que no ocasiona ninguna molestia, un inquilino admirable. ¡Ja, ja! El señor Garland… está bien igualmente, espero, Âżno, Kit? Y el poni, mi amigo, mi amigo tan especial, como sabes. ¡Ja, ja!
