La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO SESENTA

Kit estaba como en trance, con los ojos como platos mirando al suelo, sin prestar atención ni a la mano temblorosa del señor Brass que lo sujetaba por un extremo de la bufanda ni a la más firme de la señorita Sally que lo sujetaba por el otro, aunque esta última constricción le resultaba particularmente molesta, pues la fascinante dama, amén de tenerle los nudillos, clavados en la garganta, lo agarraba con tanta fuerza que él, incluso en medio del desorden y la confusión de sus pensamientos, no podía por menos de experimentar una desagradable sensación de ahogo. Así, permaneció en esta postura, entre hermano y hermana, sin ofrecer la menor resistencia hasta que volvió el señor Swiveller con un guardia a sus talones. El funcionario, que estaba acostumbrado, por ser algo connatural al desempeño de sus funciones, a todo tipo de hurtos (desde pequeños latrocinios hasta robos con efracción y atracos a carruajes) y veía a los infractores como clientes que acudían a la tienda al por mayor y al por menor del Derecho Penal, en la que él atendía detrás del mostrador, recibió la declaración del señor Brass con el mismo interés y la misma sorpresa que muestra un empresario de pompas fúnebres cuando se le pide que escuche el relato pormenorizado de la última enfermedad del difunto recién transportado, y arrestó a Kit con indiferencia funcionarial.


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