La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En el juzgado encontraron al caballero soltero, que había acudido por su cuenta y los estaba esperando con gran impaciencia. Pero ni cincuenta caballeros solteros juntos habrían podido ayudar al pobre Kit, quien, media hora después, era inculpado y acompañado a la cárcel por un benévolo guardia, el cual le dijo por el camino que no había motivos para el desánimo, pues el juicio se celebraría pronto y, con toda probabilidad, la sentencia se dictaría en un santiamén; y, en menos de dos semanas, sería felizmente deportado a Nueva Gales del Sur.