La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO SESENTA Y DOS

Una pálida y parpadeante luz proveniente de la ventana de la contaduría de Quilp, enrojecida como un ojo inflamado a través de la niebla, advirtió aquella noche al señor Sampson Brass, al acercarse a la cabaña de madera con paso cauteloso, de que el excelente propietario de la misma, su estimado cliente, estaba dentro, probablemente esperando, con su habitual paciencia y dulzura, el cumplimiento de la misión que lo llevaba hasta tan señorial dominio.

—Traicionero camino para recorrerlo de noche —musitó Sampson mientras tropezaba por vigésima vez con un palo y se levantaba dolorido—. «Creo que el criado coloca los palos de manera diferente cada día para que el que venga se lastime y se quede cojo; aunque también puede ser que el amo lo haga con sus propias manos, lo cual me parece más probable. No me gusta nada venir a este lugar sin Sally. Ella me protege mejor que una docena de hombres».

Tras dedicar aquellos cumplidos a la encantadora ausente, el señor Brass se detuvo y miró azorado primero a la luz y luego por encima del hombro.


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