La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO

Dando vueltas en su cama caliente e incómoda, acuciado por una sed terrible e imposible de calmar, incapaz de encontrar una postura que le diera un momento de paz y vagando sin rumbo por desiertos de pensamiento en los que no había reposo ni visión ni sonido que le ofrecieran el menor vislumbre de sosiego, sino una eterna y monótona desolación, y sin experimentar más cambio que el movimiento perpetuo de su cuerpo miserable y el fatigoso vagabundeo de su mente, anclada en una angustia eterna, en la sensación de algo por hacer, de algún temible obstáculo que lo esperaba, de algún afán lacerante que no conseguía apartar y que atormentaba su cerebro perturbado con una forma vaga y borrosa como un fantasma, haciéndole ver todo bajo la sombra de la mala conciencia y volviendo vano el intento del sueño; torturado así, a fuego lento, por su terrible enfermedad, el desafortunado Richard yacía en la cama consumiéndose poco a poco. Por fin, tras luchar denodadamente por levantarse, y verse anclado a la cama por unos diablos, cayó sumido en un sueño profundo en el que no soñó nada.





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