La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades 
La pequeña Nell se mantenía a cierta distancia observando el semblante del señor Quilp mientras este leía la carta, mostrando con su mirada que, al tiempo que sentía temor y desconfianza hacia el hombrecillo, contenía las ganas de reírse de su aspecto zafio y su actitud grotesca. Sin embargo, en el rostro de la niña se traslucía una gran ansiedad por la contestación y la conciencia del poder del enano para dar una respuesta desagradable y nefasta, lo que contradecía su impulso a reírse y la frenaba con más fuerza que cualquier esfuerzo que pudiera hacer ella misma.
