La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al despertarse por la mañana, Richard Swiveller percibió, de manera lenta y gradual, un murmullo de voces en la habitación. Miró entre las cortinas y vio al señor Garland, al señor Abel, al notario y al caballero soltero departiendo con la marquesa con tono serio pero en voz muy baja, sin duda para no molestarlo. No perdió tiempo en hacerles saber que dicha precaución era innecesaria; los cuatro caballeros se acercaron inmediatamente a la cama. El anciano señor Garland fue el primero en alargarle la mano y preguntarle cómo se encontraba.
Dick estaba a punto de contestar que se sentía mucho mejor, aunque, como era lógico, aún bastante débil, cuando su pequeña enfermera, apartando a los visitantes y ayudando a Dick a incorporarse en la cama, como celosa de la interferencia, le puso el desayuno delante e insistió en que lo tomara antes de correr el riesgo de cansarse hablando o escuchando. Al señor Swiveller, que tenía buen apetito y había tenido un sueño —que recordaba perfectamente— sobre chuletas de cordero, jarras de cerveza y otros manjares, incluso el suave té y las simples tostadas le parecieron unas tentaciones tan irresistibles que accedió a comer y beber con una condición.
