Oliver Twist
Oliver Twist —Y yo sé que está demasiado sano —replicó Fang.
—Sosténgalo usted, guardia; va a caer desplomado —terció el anciano.
—¡Atrás, guardia! —rugió el juez—. ¡Qué caiga, si ése es su gusto!
Aprovechando Oliver el permiso que se le concedÃa, cayó pesadamente en tierra y quedó desvanecido. Los funcionarios que habÃa en la sala se miraron unos a otros, pero nadie osó acercarse al muchacho.
—Viendo estaba yo la comedia que preparaba —observó Fang con fatuidad—. Nadie le toque; él mismo se cansará pronto de estar asÃ.
—¿Qué medios piensa adoptar Su SeñorÃa para esclarecer el asunto? —preguntó el escribano.
—Ninguno —respondió el juez—. Queda sentenciado a tres meses… , de trabajos forzados, como es natural. ¡Despejen la sala!
Abierta estaba ya la puerta de la sala de justicia y dos hombres se disponÃan a sacar al desmayado muchacho para encerrarlo en el calabozo, cuando penetró rápidamente en la estancia y adelantó hasta la mesa del juez un hombre de bastante edad y de aspecto decente, aunque pobre, vestido de negro de pies a cabeza.
—¡Deténganse! ¡Deténganse! ¡No le saquen aún! … ¡Por Dios vivo, un momento de paciencia! —gritó el recién llegado, jadeante y casi sin alientos.