Oliver Twist
Oliver Twist —Supongo que rezas todas las noches —observó otro de aquellos señores con tono gruñón—, y que ruegas por los que te alimentan y cuidan de ti, como buen cristiano que sin duda eres, ¿no?
—SÃ, señor —balbuceó el niño.
Sin darse cuenta, el que acababa de hablar habÃa dicho una gran verdad. Hubiera sido muy de cristiano, pero de cristiano excepcionalmente perfecto, rezar por los que alimentaban y cuidaban de Oliver. Este, sin embargo, no lo hacÃa, sencillamente porque nadie le habÃa enseñado a rezar.
—Muy bien —repuso el señor de cara extracolorada, el del alto sillón—. Te hemos traÃdo aquà para que recibas una educación conveniente y aprendas un oficio útil.
—AsÃ, pues, mañana a las seis comenzarás a recoger leña —añadió el del chaleco blanco.