Oliver Twist
Oliver Twist Estaba la junta reunida en sesión solemne, cuando penetró en el salón el señor Bumble, presa de una excitación terrible, y, dirigiéndose al presidente, dijo:
—¡Perdóneme el señor Limbkins si le interrumpo! ¡Oliver Twist ha pedido más ración!
Estupefacción general; expresión de horror en todos los semblantes.
—¿Que ha pedido más? —contestó el señor Limbkins—. Tranquilícese usted, señor Bumble, y contésteme con claridad. ¿Significan sus palabras que pidió más después de recibir la ración señalada por el reglamento?
—Sí, señor —respondió Bumble.
—Ese niño morirá en la horca —dijo el miembro del chaleco blanco—. Aseguro que ese niño ha de morir ahorcado.
A nadie se le ocurrió contradecir la opinión profética de aquel caballero. Sobrevino una discusión acalorada. Oliver fue recluido inmediatamente en el calabozo del establecimiento, y a la mañana siguiente, un anuncio, pegado a la puerta exterior del edificio, ofrecía cinco libras esterlinas de premio al que quisiera librar a la parroquia de la persona de Oliver Twist. Más claro: el anuncio ofrecía cinco libras, juntamente con la persona de Oliver, a todo hombre o mujer que necesitara un aprendiz para cualquier oficio, industria o empleo.