Oliver Twist
Oliver Twist La vieja mensajera cruzó tambaleándose varios pasadizos, subió con paso vacilante la escalera contestando con palabras apenas inteligibles a las preguntas que su superiora le dirigía. Hubo de detenerse al fin para tomar aliento y entregar la luz a la matrona, la cual la dejó rezagada y entró en el cuarto donde la enferma se hallaba.
Era una especie de buhardilla apenas iluminada por una mísera lámpara. Junto al lecho velaba otra anciana y el aprendiz de la botica parroquial, de pie en un rincón, transformaba en mondadientes una pluma de ave.
—¡Vaya una noche fría, señora Corney! —exclamó el aprendiz al ver entrar a la matrona.
—¡Horriblemente fría, es cierto! —contestó la señora con amabilidad y haciendo una reverencia.
—Debería usted exigir carbón de mejor calidad a los abastecedores —dijo el aprendiz de boticario, revolviendo el fuego con una tenaza enmohecida—. No es éste el más indicado para las noches frías.
—Es cosa de la Administración —replicó la matrona—. Convengo que lo menos que ésta debería hacer en nuestro obsequio sería defendernos contra el frío, pues nuestras funciones son harto penosas.
Un gemido de la moribunda vino a interrumpir la conversación.