Oliver Twist
Oliver Twist —¡PerderÃamos hasta la camisa! —exclamó Chitling, sacando del bolsillo, con cara compungida, una moneda de media corona—. No he conocido hombre como tú. Tienes la suerte de ganar siempre, con buenas cartas o con malas. En cambio, Bates y yo, aunque reunamos el mejor juego, perdemos irremisiblemente.
La observación, o tal vez el tono con que fue hecha, hizo tanta gracia a Bates, que las carcajadas que fueron su consecuencia disiparon las preocupaciones de FajÃn, quien preguntó de qué se trataba.
—¿Que de qué se trata? —preguntó Carlos—. ¡Quisiera que hubiese presenciado usted la partida! Chitling no ha ganado un solo juego, y yo era su compañero de desgracia contra el Truhán.
—¡Ay, ay, ay! —exclamó el judÃo, haciendo muecas que demostraban que sin gran esfuerzo de imaginación adivinarÃa la causa—. ¡Prueba otra vez, Tomás, prueba otra vez, y verás!
—Muchas gracias, FajÃn, pero antes ciegue que hacer nuevas pruebas —replicó Chitling—. Es mucha la suerte del Truhán para poder resistirla.
—La verdad es, amigo mÃo, que tienes que madrugar mucho para ganar al Truhán. ¡Ja, ja, ja!
—¡Madrugar! —exclamó Carlos Bates—. Para competir con él, necesitarÃas ponerte un telescopio en cada ojo y echarte a la espalda unos gemelos de teatro.