Oliver Twist

Oliver Twist

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Llegó la aurora. El frío se hizo más intenso al aparecer en Oriente esos resplandores pálidos que más que el nacimiento del día indican la terminación de la noche; los objetos que envueltos en tinieblas ofrecían aspecto terrorífico y formas extrañas y espantables iban presentando mayor claridad en sus perfiles y recuperando gradualmente sus figuras habituales. Las nubes enviaban a la tierra una lluvia menuda y compacta que azotaba con ruido el boscaje. Oliver de nada se daba cuenta: continuaba tendido, inmóvil, insensible, falto de conocimiento al borde del foso.

Rompió al fin el silencio de los campos un grito ahogado de dolor, y, al lanzarlo, el muchacho despertó de su letargo. Su brazo izquierdo, mal envuelto con una bufanda, pendía sin fuerza, inútil: la bufanda estaba empapada en sangre. Era tal la debilidad del herido, que le costó trabajo ímprobo sentarse, y una vez lo hubo conseguido, tendió alrededor miradas de angustia, como buscando quien le socorriera, y el dolor le hizo gemir. Aterido de frío, cansado, postrado, intentó ponerse en pie: un estremecimiento terrible que se extendió desde sus pies hasta su cabeza le postró nuevamente en tierra.




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