Oliver Twist
Oliver Twist La ausencia del doctor duró mucho más tiempo del que él y las señoras habían supuesto. Del carruaje en que había venido sacaron una caja de descomunal tamaño, la campanilla del cuarto en que estaba el herido sonó infinidad de veces, el subir y bajar de los criados se prolongó bastante, síntomas todos los mencionados de que arriba ocurría algo de importancia. Al fin se presentó en el comedor, y ante las preguntas anhelantes que le dirigieron las señoras, adoptó una expresión de misterio y cerró cuidadosamente la puerta.
—Lo que pasa es verdaderamente extraordinario, señora Maylie —respondió, apoyando su espalda contra la puerta con objeto de impedir que nadie la abriera.
—Sentiría muy de veras que la herida fuera peligrosa —contestó la dama.
—Que fuera peligrosa, no sería extraordinario, dadas las circunstancias —replicó el doctor—; pero opino que no lo es. ¿Ha visto usted al ladrón?
—No —contestó la señora.
—¿Ni oído hablar de él?
—Tampoco.
—Dispénseme la señora —dijo Giles terciando en la conversación—. Iba a dar a usted algunos datos cuando se presentó el señor doctor.