Oliver Twist
Oliver Twist Las investigaciones no dieron resultado alguno; ni siquiera se encontraron huellas recientes que acusasen el paso de los fugitivos. Los perseguidores se encontraban en la cima de un altozano que dominaba en todos sentidos una llanura de tres a cuatro millas de radio. A la izquierda, en una hondonada, se veÃa la aldea; pero para llegar a ésta, suponiendo que hubieran seguido la dirección indicada por Oliver, el judÃo y su acompañante tuvieron que pasar por un llano, completamente abierto, y era imposible que lo hubiesen franqueado en tan breve tiempo. Por otro lado bordeaba la pradera un bosque espeso; pero por la misma razón indicada, habÃa que desechar la idea de que lo hubieran ganado.
—Habrás soñado, Oliver —dijo Enrique, llamando aparte al muchacho.
—¡Oh, no, señor! —respondió Oliver, estremeciéndose al solo recuerdo de la expresión feroz del rostro del que acompañaba al judÃo—. Los he visto con mucha claridad; con tanta como estoy lo viendo a usted en este momento.
—¿Y el otro, quién era? —preguntaron a un tiempo Enrique y el doctor.
—El mismo que tan brutalmente me habló en la posada: nos miramos los dos a la cara y jurarÃa que era él.
—¿Y estás seguro de que tomaron ese camino? —repuso Enrique.