Oliver Twist

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¡Hombres… hombres como los demás! Y es que la dignidad, y no pocas veces la santidad, son con harta frecuencia, y en mayor escala de lo que muchos creen, cuestión de traje.

El señor Bumble se había casa con la tierna señora Corney y era director del hospicio-asilo. Otro bedel le había sucedido en su antiguo cargo, y heredado su autoridad, su tricornio, su levitón galoneado y su bastón.

—¡Dos meses mañana! —murmuró Bumble, exhalando un suspiro con el que pareció que salía toda su alma—. ¡Parece que ha pasado un siglo!

Muy bien podían significar las palabras de Bumble que todo un siglo de felicidad se había concentrado en el breve lapso de ocho semanas; pero aquel suspiro… ¡aquel suspiro significaba mucho más!

—Me vendí —continuó el señor Bumble, siguiendo el hilo de sus pensamientos— por seis cucharillas de té, una tenacilla de azúcar y una lechera… más algunos muebles muy usados y veinte libras esterlinas en metálico… ¡Barato… horriblemente barato!

—¡Barato! ¿eh? —gritó una voz agria en su mismo oído—. ¡Tenga usted entendido, señor mío, que por muy poco que por usted hubieran pagado, habrían hecho un mal negocio! ¡Vale usted bastante menos de lo que yo pagué… bien lo sabe Dios!


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