Oliver Twist
Oliver Twist —Dispense usted —dijo el Truhán, fijando en la mesa una mirada distraÃda—. ¿Hablaban conmigo?
—¡En mi vida he visto bribón más redomado! —murmuró el carcelero—. ¿Vas a hablar o no, desvergonzado?
—¡No! —replicó el Truhán—. No hablaré aquÃ, que no es en esta tienda donde se vende justicia; además, mi defensor ha ido hoy a almorzar con el Vicepresidente de la Cámara de los diputados. Pero hablaré en otra parte, sépanlo ustedes, y hablaré tan alto, tan claro, y ante amigos tan poderosos y respetables, que la taifa de bolillas y lechuzos que me escuchan en este instante lamentarán haber nacido y maldecirán del dÃa que se atrevieron a molestarme, y…
—¡Visto y condenado! —gritó el escribano—. Conduzcan al acusado al calabozo.
—¡Andando, prÃncipe! —dijo el carcelero.
Enseguida —replicó el Truhán, limpiando el sombrero con la palma de la mano—. ¡Ay de vosotros! —repuso, encarándose con el tribunal—. ¡De nada les servirá poner cara de espanto! ¡Me las pagarán, no tendré piedad ni compasión, seré inexorable! Por nada del mundo quisiera estar en su pellejo, señores mÃos. Aun cuando de rodillas me suplicaran ahora que me fuera libremente a mi casa, vive Dios que no lo harÃa. ¡Pueden llevarme a la celda!