Oliver Twist

Oliver Twist

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—Esta noche sí que me han asaltado tentaciones muy serias de comerme mi propia cabeza, pues he llegado a temer que no tendría otra cosa para satisfacer mi hambre —repuso Grimwig—. Si se me permite la libertad, ofreceré mis respetos a la futura de Enrique.

Sin esperar permiso, Grimwig abrazó a la pobre niña, cuyas mejillas se pusieron encendidas como la grana; y como el ejemplo es contagioso, seguidamente imitaron la conducta de Grimwig y el doctor Losberne. No faltaban maliciosos que aseguran que quien había roto el fuego fue Enrique Maylie, antes de salir de la habitación obscura inmediata; pero otras personas dignas de crédito dicen que el joven no se atrevió a tanto.

—¡Oliver… hijo mío! —exclamó la señora Maylie—. ¿De dónde vienes? ¿Por qué esa tristeza? ¡Veo lágrimas en tus ojos!… ¿Qué te pasa?

¡Cuán fecundo en decepciones es el mundo! ¡Nuestras esperanzas más queridas, precisamente las que más honran a nuestra naturaleza, son con frecuencia las primeras en disiparse!

¡El pobre Ricardito había fallecido!


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