Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Era aquél un anciano frío, grosero, con una mirada intensa clavada en la del señor Goodchild. Un anciano cadavérico, de discurso medido. Un anciano que parecía incapaz de pestañear, como si tuviera los párpados pegados a la frente. Un anciano cuyos ojos —dos puntos de fuego— no poseían mayor movimiento que si hubieran estado atornillados a la nuca, conectados por algún cable a la cara, y luego hubieran sido asegurados con un enganche oculto entre su cabello canoso.
Según la noche fue avanzando, refrescó tanto que el señor Goodchild se puso a temblar. Comentó, medio en broma y medio en serio:
—Parece como si alguien estuviera caminando sobre mi tumba.
—No —dijo el extraño anciano—, sobre su tumba no hay nadie.
El señor Goodchild miró al señor Idle, pero la cabeza de su amigo se encontraba envuelta en humo.
—¿Cómo dice usted?
—Que no hay nadie sobre su tumba; puedo asegurárselo —dijo el anciano.
Cuando se pudo dar cuenta, el anciano había entrado ya en la habitación y había cerrado la puerta tras él. A continuación, tomó asiento. No se dobló para sentarse como hacía otra gente, sino que dio la impresión de hundirse todavía erguido, como si entrara en agua, hasta que la silla detuvo su caída.