Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Y así llegó el otoño, y con él una serie de compromisos que me vi obligado a atender en el norte de Inglaterra. Hacia finales de septiembre de 1858, me encontraba, pues, asistiendo a una cena de gala en una casa solariega en los límites de los condados de Yorkshire y Lincolnshire. El hecho de que estuviese en aquella casa era puramente accidental, pues en realidad era un total desconocido para la familia. Había planeado pasar un día y una noche con un amigo que vivía cerca y que era íntimo de mis anfitriones. Mi amigo había recibido de ellos una invitación para cenar, y al coincidir ésta con el día de mi visita, les había pedido que me permitiesen acompañarle. La fiesta estaba muy concurrida; a medida que la cena iba finalizando y llegaban los postres, la conversación se animó. Aquí debería mencionar que mi oído es bastante defectuoso, unas veces oigo más y otras menos, y que aquella noche en concreto me veía aquejado de una notable sordera, tan pronunciada que la conversación sólo me llegaba bajo la forma de un estrépito constante. De todos modos, en cierto momento logré escuchar claramente una palabra, aunque ésta fue pronunciada por una persona que se encontraba a una considerable distancia de mí. La palabra era «Kirkbeck». En la vorágine de la temporada londinense, me había olvidado totalmente de aquellos visitantes que en primavera me habían dejado esa extraña tarjeta sin dirección. La coincidencia atrajo mi atención e inmediatamente recordé el trato que habíamos hecho meses atrás. En la primera oportunidad que tuve, le pregunté a la persona con la que hablaba si había en la zona alguna familia con aquel nombre en cuestión. Como respuesta se me dijo que Mr Kirkbeck vivía en la localidad de A**, en el extremo más alejado del condado. Al día siguiente escribí al caballero en cuestión diciéndole que creía que era el mismo que me había visitado en mi estudio la anterior primavera, y que habíamos llegado a un acuerdo que me había visto impedido a cumplir por no constar ninguna dirección en su tarjeta de visita; por otro lado, le comentaba que, en mi regreso desde el norte hasta Londres, me hallaría brevemente en aquella zona. Finalmente le pedía que, en caso de que me hubiera equivocado al escribirle, no se tomase la molestia de responder a mi nota. Consigné mi dirección en la lista de correos de la Estafeta de York y, tres días después, recibí una nota de Mr Kirkbeck en la que expresaba su satisfacción al tener noticias mías y me comunicaba que si tenía tiempo de visitarle a mi vuelta, dejaríamos organizado el asunto de los cuadros; también me pedía que le anunciase mi llegada con un día al menos de antelación, para así poder atender a sus compromisos. Finalmente, tras otra nota mía, convinimos en que iría a su casa al sábado siguiente y me quedaría allí hasta el siguiente lunes por la mañana. Regresaría después a Londres, para atender ciertos asuntos que tenía pendientes, y volvería dos semanas más tarde a su casa para finalmente pintar el cuadro.