Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas —El que usted me escribiese personalmente desde la posada de Litchfield fue uno de esos hechos inexplicables que supongo imposibles de clarificar. De cualquier modo, yo ya le conocÃa; puedo decir que ya le habÃa visto. Cuando los que estaban a mi alrededor dudaban de mi lucidez y consideraban cuanto decÃa una sarta de incoherencias, sólo era porque yo veÃa cosas que ellos no podÃan ver. Desde que ella murió, yo sé, con una certeza inamovible, que en diferentes situaciones me he encontrado ante la presencia visible de mi querida hija fallecida… Algo que ocurrió más a menudo, incluso, justo en los dÃas que siguieron a su muerte. De las numerosas veces que esto ha sucedido, recuerdo con claridad una en la que la vi sentada en un vagón de tren. Hablaba con la persona que tenÃa enfrente. Quién era aquella persona es algo que no puedo asegurar, pues yo parecÃa estar situado inmediatamente detrás de ella, tras su cabeza. Después la vi cenando en una mesa junto con otras personas entre las que, incuestionablemente, se hallaba usted. Más tarde supe que en aquel momento los doctores y mi familia consideraron que sufrÃa uno de mis más prolongados y violentos paroxismos, pues seguÃa viéndola mientras hablaba con usted durante horas, en medio de una gran reunión de gente.