Para leer al anochecer. Historias de fantasmas

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Cuando le vi en aquel estado, me di cuenta de que, tanto por la salud mental de aquel pobre hombre como por la propia seguridad pública, si algo había que hacer con premura era tranquilizarle. Por lo tanto, dejando de lado toda discusión entre ambos sobre la realidad o irrealidad de los hechos, le planteé que quien quisiera llevar a cabo su labor concienzudamente, debía hacerlo bien y que al menos él debía sentirse reconfortado por saber en qué consistía aquella tarea, si bien yo seguía sin alcanzar a comprender la naturaleza de aquellas apariciones desconcertantes. Tuve más éxito en este empeño que en el intento de razonar con él para que abandonase sus convicciones. Se calmó; las ocupaciones inherentes a su cargo empezaron a exigirle una mayor atención a medida que la noche iba avanzando, y así, a las dos de la mañana, me despedí de él. Me ofrecí para acompañarle durante toda la noche, pero él no quiso ni oír hablar de ello.

No veo razón alguna para ocultar que más de una vez me volví a mirar la luz roja mientras ascendía por el sendero, y que no me gustaba aquella luz, y que sin duda me costaría conciliar el sueño si mi cama se encontrase junto a ella. Tampoco veo motivos para disimular que no me agradaron los pasajes que me había relatado sobre el accidente y la chica muerta.


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