Para leer al anochecer. Historias de fantasmas

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Si bien en principio la figura no era percibida por aquellos a los que se dirigía, su cercanía a esas personas iba invariablemente seguida de alguna clase de molestia o inquietud por parte de las mismas. Me dio la impresión de que la figura evitaba, a causa de normas que yo desconocía, revelarse totalmente a los demás, aunque pudiese, de modo invisible, mudo y oscuro, ensombrecer sus mentes. Cuando el abogado principal de la defensa sugirió la hipótesis del suicidio, por ejemplo, la figura se colocó junto al letrado e hizo el gesto terrible de cortar su garganta herida. Entonces, observé cómo el abogado se trababa en su discurso, perdía durante unos segundos el hilo de su ingeniosa argumentación, se enjugaba la frente con el pañuelo y se ponía extremadamente pálido. En el momento en que compareció la mujer a la que me he referido antes, vi cómo los ojos de ella miraban en la dirección hacia la que la figura señalaba, y mostraban grandes dudas y preocupación hacia la cara del prisionero. Dos ejemplos más me servirán para ilustrar lo que digo. Durante el octavo día de sesiones, tras la pausa que se solía hacer a primera hora de la tarde para descansar, volví a la sala del juzgado junto con el resto de mis compañeros. Faltaban todavía unos minutos para que regresasen los jueces. Yo estaba de pie junto al banquillo, mirando a mi alrededor. Recuerdo que pensé que la figura no se hallaba en la sala. Pero entonces, alzando por casualidad la vista hacia la galería, la vi abalanzándose hacia delante e inclinándose sobre una mujer muy respetable, como para comprobar si los jueces habían vuelto o no a sus asientos. Inmediatamente después, la mujer dio un grito, se desmayó y hubo que sacarla del tribunal a rastras. Lo mismo sucedió con el venerable, sagaz y paciente juez que presidía las sesiones. Cuando el caso estuvo visto para sentencia, y su señoría se disponía a recapitular el caso junto con sus documentos, vi perfectamente cómo el hombre asesinado entraba por la puerta que había junto al juez, avanzaba hacia el escritorio de su señoría y se dedicaba a mirar presa de una gran ansiedad por encima de su hombro las páginas de apuntes que él iba pasando. Un cambio se operó en el rostro de su señoría; su mano se detuvo, el temblor peculiar, que tan conocido me era, le recorrió; titubeó:


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