Tiempos difíciles

Tiempos difíciles

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-Mi querido compañero -le replicó el otro-. ¿Qué es lo que tengo yo que suponer cuando me encuentro con dos personas casadas que viven en armonía y felicidad? 

Al llegar a estas alturas de la conversación, ya Tom había colocado ambas piernas sobre el sofá. Si no hubiese tenido su segunda pierna sobre el sofá cuando se oyó llamar querido compañero, la hubiera puesto al llegar a un momento tan solemne de la conversación. Sintió, de todos modos, que era obligado hacer algo, y se estiró aún más, reclinó sobre un brazo del sofá la cabeza, se puso a fumar adoptando maneras de supremo abandono, y volvió su rostro vulgar y sus ojos no muy claros hacia aquel otro rostro que lo miraba con tanta despreocupación, pero con tanta fuerza.

-Vos conocéis a nuestro padre, señor Harthouse, y conociéndolo no debéis sorprenderos de que Lu se casase con el viejo Bounderby. Ella no había tenido jamás novio; nuestro padre le propuso al viejo Bounderby, y ella lo aceptó.

-Eso demuestra que tu interesante hermana es una hija obediente -dijo don Santiago Harthouse.

-Sí, pero no se habría mostrado tan obediente, y la cosa no hubiera salido con tanta facilidad, de no haber sido por mí -contestó el mequetrefe.


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