Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH Esa noche, mientras revisaban las notas en su base, un ruido ensordecedor rompió la calma: la explosión de una ventana. Corrieron hacia la entrada y encontraron una botella rota con un trozo de tela ardiendo en el suelo. Era un mensaje claro: no eran bienvenidos.
Xabier apagó el fuego mientras Gabriel escudriñaba la oscuridad. —Esto se acabó, Nash. Nos están cazando. —Lo sé —dijo ella, mirando hacia el valle. —Pero hay algo que olvidaron. —¿Qué cosa? —preguntó Gabriel. —Que no me detendré hasta encontrar la verdad.
Esa determinación sería su fuerza... o su condena.
La madrugada llegó con un aire inquietante. Nash apenas había dormido después del ataque al campamento, pero no podía permitirse detenerse. Las piezas del rompecabezas estaban cayendo en su lugar: la sima, los sacrificios, las desapariciones. Ahora sabía que lo que enfrentaba no era solo un misterio, sino una verdad incómoda que llevaba generaciones enterrada.
—Esto no es una investigación. Es una guerra —dijo Gabriel mientras revisaba el equipo de seguridad. Su tono era grave, cansado. —Y no la vamos a perder —respondió Nash con una determinación fría.
