Crimen y Castigo
Crimen y Castigo En ese momento, Raskolnikof se sintió asaltado por un impulso incomprensible.
‑¡Oiga! ‑gritó al noble bigotudo.
El policÃa se volvió.
‑¡Déjela! ¿A usted qué? ¡Deje que se divierta! ‑y señalaba al perseguidor‑. ¿A usted qué?
El agente no comprendÃa. Le miraba con los ojos muy abiertos.
Raskolnikof se echó a reÃr.
‑¡Bah! ‑exclamó el agente mientras sacudÃa la mano con ademán desdeñoso.
Y continuó la persecución del elegante señor y de la muchacha.
Sin duda habÃa tomado a Raskolnikof por un loco o por algo peor.
Cuando el joven se vio solo se dijo, indignado:
«Se lleva mis veinte kopeks. Ahora hará que el otro le pague también y le dejará la muchacha: asà terminará la cosa. ¿Quién me ha mandado meterme a socorrerla? ¿Acaso esto es cosa mÃa? Sólo piensan en comerse vivos unos a otros. ¿A mà qué me importa? Tampoco sé cómo me he atrevido a dar esos veinte kopeks. ¡Como si fueran mÃos… !»