Crimen y Castigo
Crimen y Castigo «¡Pobre muchacha! ‑se dijo mirando el pico del banco donde habÃa estado sentada‑. Cuando vuelva en sÃ, llorará y su madre se enterará de todo. Primero, su madre le pegará, después la azotará cruelmente, como a un ser vil, y acto seguido, a lo mejor, la echará a la calle. Aunque no la eche, una DarÃa Frantzevna cualquiera acabará por olfatear la presa, y ya tenemos a la pobre muchacha rodando de un lado a otro… Después el hospital (asà ocurre siempre a las que tienen madres honestas y se ven obligadas a hacer las cosas discretamente), y después… después… otra vez al hospital. Dos o tres años de esta vida, y ya es un ser acabado; sÃ, a los dieciocho o diecinueve años, ya es una mujer agotada… ¡Cuántas he visto asÃ! ¡Cuántas han llegado a eso! SÃ, todas empiezan como ésta… Pero ¡qué me importa a mÃ! Un tanto por ciento al año ha de terminar asà y desaparecer. Dios sabe dónde… , en el infierno, sin duda, para garantizar la tranquilidad de los demás… ¡Un tanto por ciento! ¡Qué expresiones tan finas, tan tranquilizadoras, tan técnicas, emplea la gente… ! Un tanto por ciento; no hay, pues, razón, para inquietarse… Si se dijera de otro modo, la cosa cambiaria… , la preocupación serÃa mayor…
»¿Y si Dunetchka se viera englobada en este tanto por ciento, si no el año que corre, el que viene?