Crimen y Castigo
Crimen y Castigo «Soy duro, soy malo; no me cabe duda ‑se dijo avergonzado de su brusco ademán‑; pero ¿por qué me quieren tanto si no lo merezco? ¡Ah, si yo hubiera estado solo, sin ningún afecto y sin sentirlo por nadie! Entonces todo habrÃa sido distinto. Me gustarÃa saber si en quince o veinte años me convertiré en un hombre tan humilde y resignado que venga a lloriquear ante toda esa gente que me llama canalla. SÃ, asà me consideran; por eso quieren enviarme a presidio; no desean otra cosa… Miradlos llenando las calles en interminables oleadas. Todos, desde el primero hasta el último, son unos miserables, unos canallas de nacimiento y, sobre todo, unos idiotas. Si alguien intentara librarme del presidio, sentirÃan una indignación rayana en la ferocidad. ¡Cómo los odio!»
Cayó en un profundo ensimismamiento. Se preguntó si llegarÃa realmente un dÃa en que se someterÃa ante todos y aceptarÃa su propia suerte sin razonar, con una resignación y una humildad sinceras.
«¿Por qué no? ‑se dijo‑. Un yugo de veinte años ha de terminar por destrozar a un hombre. La gota de agua horada la piedra. ¿Y para qué vivir, para qué quiero yo la vida, sabiendo que las cosas han de ocurrir de este modo? ¿Por qué voy a entregarme cuando estoy convencido de que todo ha de pasar asà y no puedo esperar otra cosa?»