Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Sin embargo, las lágrimas de Sonia le habían conmovido; sentía una fuerte presión en el pecho.
«Pero ¿qué razón hay para que esté tan apenada? ‑pensó‑. ¿Qué soy yo para ella? ¿Por qué llora y quiere acompañarme, por lejos que vaya, como si fuera mi hermana o mi madre? ¿Querrá ser mi criada, mi niñera… ?»
‑Santíguate… Di al menos unas cuantas palabras de alguna oración ‑suplicó la muchacha con voz humilde y temblorosa.
‑Lo haré. Rezaré tanto como quieras. Y de todo corazón, Sonia, de todo corazón.
Pero no era exactamente esto lo que quería decir.
Hizo varias veces la señal de la cruz. Sonia cogió su chal y se envolvió con él la cabeza. Era un chal de paño verde, seguramente el mismo del que hablara Marmeladof en cierta ocasión y que servía para toda la familia. Raskolnikof pensó en ello, pero no hizo pregunta alguna. Empezaba a sentirse incapaz de fijar su atención. Una turbación creciente le dominaba, y, al advertirlo, sintió una profunda inquietud. De pronto observó, sorprendido, que Sonia se disponía a acompañarle.